Iris: descubrir a Wim Mertens a través de su voz
Cuando descubrí a Wim Mertens, hubo algo que me llamó especialmente la atención. No fue solamente su manera de tocar el piano, ni esas melodías repetitivas que poco a poco iban atrapándome, ni siquiera esa forma tan particular de construir sus composiciones a partir de pequeñas células musicales.
Fue su voz.
Recuerdo aquella primera sensación de extrañeza al escucharla. Una voz aguda, delicada, casi frágil, que aparecía en medio de la música de una manera que no terminaba de encajar con lo que yo entendía entonces por una canción. Con el tiempo comprendí que precisamente ahí estaba una de las grandes peculiaridades de Wim Mertens: su voz no necesitaba comportarse como la voz de un cantante convencional.
Era otro instrumento.
Y entre todas aquellas composiciones que fui descubriendo, hubo una que terminó llamándome especialmente la atención: “Iris”.
Incluida en Stratégie de la rupture, publicado originalmente en 1991, “Iris” es una pieza de casi diez minutos en la que Mertens aparece acreditado como pianista y voz.
Pero más allá de los datos, de las fechas y de los discos, para mí “Iris” pertenece a esa clase de canciones que terminan asociándose a una época determinada de nuestra vida.
Porque descubrir música también es descubrirnos a nosotros mismos.
Y hay discos que llegan en un momento concreto y se quedan ahí para siempre, unidos a determinados lugares, tardes, viajes, habitaciones o simplemente a aquellas horas en las que uno escuchaba música sin hacer nada más.
“Iris” tiene precisamente esa capacidad.
La primera vez que la escuchamos quizá nos preguntamos qué está haciendo Mertens con esa voz. No parece interpretar una canción en el sentido tradicional. No hay una necesidad evidente de contar una historia. La voz se desliza sobre el piano, repite determinadas frases, asciende y desciende, insiste, respira y vuelve a aparecer.
Poco a poco dejamos de escucharla como una voz humana que intenta transmitir un texto.
Comenzamos a escucharla como música.
Y ahí es donde “Iris” empieza realmente a crecer.
Con el paso del tiempo aprendí a disfrutar de esas voces de Mertens que inicialmente podían resultar extrañas. Lo que al principio parecía una peculiaridad terminó convirtiéndose en una de las razones por las que su música me atraía tanto.
Hay algo profundamente humano en esa voz, precisamente porque no intenta ser perfecta ni espectacular.
Es una voz reconocible.
Una voz que pertenece únicamente a Mertens.
En “Iris”, además, esa voz parece estar permanentemente buscando un lugar dentro del piano. En algunos momentos parece seguirlo; en otros, enfrentarse a él; y en otros, sencillamente dejarse llevar por la música.
Es como si piano y voz mantuvieran una conversación en un idioma que no necesitamos comprender.
Quizá por eso “Iris” sea una composición que funciona especialmente bien cuando uno la escucha con calma. No es música para consumir rápidamente. Necesita tiempo. Necesita que dejemos que los casi diez minutos de duración pasen delante de nosotros sin esperar que ocurra algo espectacular.
Porque en Mertens las transformaciones suelen ser pequeñas.
Una repetición ligeramente diferente.
Una nota que adquiere otro significado.
Una voz que parece elevarse un poco más.
Un piano que cambia sutilmente el paisaje.
Y cuando queremos darnos cuenta, llevamos varios minutos dentro de la misma pieza.
Eso es algo que siempre me ha gustado de Wim Mertens. Su música tiene la capacidad de detener un poco el tiempo. Quizá no porque sea necesariamente tranquila, sino porque consigue que nuestra atención se concentre en pequeños detalles que normalmente pasarían desapercibidos.
“Iris” es uno de esos ejemplos.
Y ahora, cuando vuelvo a escucharla, inevitablemente regreso también a aquella época en la que estaba descubriendo la música de Mertens. A esos primeros discos, a esas primeras escuchas y a esa sensación tan especial de encontrar a un músico que parecía hablar un lenguaje diferente.
Supongo que esa es una de las razones por las que seguimos regresando a determinadas canciones después de tantos años.
No volvemos únicamente a la música.
Volvemos también a quienes éramos cuando la descubrimos.
Y “Iris” tiene para mí algo de todo aquello.
Tiene la voz de Mertens, ese instrumento extraño y fascinante que tanto me sorprendió al principio. Tiene el piano, las repeticiones, la insistencia melódica y esa particular atmósfera que hace reconocible su música desde los primeros compases.
Pero también tiene el recuerdo de descubrir que una voz podía utilizarse de otra manera.
Que no siempre era necesario entender una letra para emocionarse.
Que una voz podía ser simplemente sonido, respiración, melodía y textura.
Quizá por eso, después de tantos años, sigo pensando que “Iris” es una de las piezas que mejor representan aquella primera fascinación que sentí al descubrir a Wim Mertens.
Una canción que no necesita explicarse demasiado.
Solo necesita ser escuchada.
Y dejar que, poco a poco, la voz se convierta en música.
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