De nuevo siento la necesidad de volver a sumergirme en Until the Light Was Gone, el maravilloso trabajo de Vin Downes & Tom Eaton del que ya hablamos anteriormente en este blog. Si queréis recuperar aquel artículo y volver a acercaros al disco, podéis hacerlo desde este enlace.
Hay discos que escuchamos, disfrutamos y guardamos en nuestra memoria, y hay otros a los que sentimos la necesidad de regresar una y otra vez. Until the Light Was Gone pertenece para mí a esta segunda categoría. Su sonido, su ambiente y, sobre todo, esa extraordinaria sensación de calma que desprende hacen que vuelva a él con una facilidad casi adictiva.
Es uno de esos álbumes que no necesitan imponerse al oyente. Al contrario, parecen esperar pacientemente a que encontremos el momento adecuado para escucharlos. Basta con dejar que la música comience para que poco a poco el ritmo del día vaya desapareciendo y nos encontremos dentro de ese espacio íntimo y contemplativo que han creado Downes y Eaton. La guitarra y los diferentes elementos electrónicos se entrelazan con una enorme delicadeza, construyendo una atmósfera cálida, serena y profundamente envolvente.
En aquella primera aproximación nos detuvimos en “Dawn Delayed”, el tema que abre el disco y que funciona como una especie de entrada a ese universo sonoro creado por Downes y Eaton. Una música pausada, delicada y contemplativa que nos invita desde el primer momento a bajar el ritmo y dejarnos llevar.
Pero hoy quiero quedarme un poco más cerca del segundo corte del álbum: “Automat”.
Podríamos haber elegido cualquiera de los temas de Until the Light Was Gone, porque todos poseen ese carácter especial que hace que el disco funcione como un conjunto. Sin embargo, “Automat” tiene algo que me hace volver a él especialmente. Es una de esas piezas que, cuanto más escuchas, más cómoda se vuelve su presencia.
Desde sus primeros compases se percibe esa manera tan particular que tienen Vin Downes y Tom Eaton de construir música sin necesidad de apresurarla. Todo sucede con naturalidad. No hay urgencia, no hay necesidad de llenar cada espacio. Al contrario, hay una utilización muy inteligente del silencio y de las pequeñas pausas, de esos momentos en los que parece que la música simplemente respira.
Y quizá ahí reside una parte importante del encanto de “Automat”.
La guitarra de Vin Downes tiene una presencia cálida y cercana. No necesita convertirse en protagonista absoluta porque está perfectamente integrada dentro del paisaje sonoro. Sus notas aparecen con una enorme delicadeza y van dibujando poco a poco una melodía que parece flotar sobre el fondo creado por Tom Eaton.
Eaton, por su parte, consigue construir ese espacio alrededor de la guitarra sin que los elementos electrónicos parezcan artificiales o invasivos. Todo está pensado para crear profundidad y atmósfera. Es como si la guitarra estuviera suspendida dentro de un paisaje que se extiende mucho más allá de lo que podemos escuchar en un primer momento.
Y eso hace que “Automat” sea una pieza especialmente agradecida para escuchar con calma y, sobre todo, con auriculares. Cuando uno deja de prestar atención a lo que ocurre alrededor y se concentra únicamente en la música, empiezan a aparecer pequeños detalles que en una escucha distraída pueden pasar desapercibidos.
Hay algo casi hipnótico en su desarrollo. “Automat” no parece querer llevarnos hacia un destino concreto, sino acompañarnos durante unos minutos. Su evolución es pausada y orgánica, y precisamente por eso consigue transmitir una sensación de tranquilidad tan profunda.
Me gusta especialmente esa capacidad de la pieza para crear una especie de espacio mental. Puedes escucharla sentado tranquilamente, leyendo, mirando por la ventana o simplemente sin hacer absolutamente nada. La música no exige atención, pero si decides prestársela, recompensa esa escucha.
Es una diferencia importante: no estamos ante una música que busca distraernos, sino ante una música que consigue apartar el ruido.
Y quizá por eso el título “Automat” resulta también sugerente. Sin intentar buscar significados que quizá sus autores no pretendían, el propio nombre me transmite una cierta sensación de movimiento mecánico, repetitivo y constante. Sin embargo, la música consigue humanizar esa idea. Dentro de esa aparente regularidad hay calidez, emoción y una enorme sensación de espacio.
La pieza avanza sin brusquedades, como un movimiento continuo que nos permite entrar poco a poco en su atmósfera. Es de esas composiciones que parecen adquirir una dimensión diferente dependiendo del momento en que las escuches. Una misma escucha puede parecer simplemente relajante y, en otra ocasión, transmitir algo mucho más introspectivo o incluso melancólico.
Y ahí está una de las grandes virtudes de “Automat”: no nos dice exactamente qué tenemos que sentir.
Simplemente crea el espacio para que nosotros sintamos.
En tiempos en los que muchas veces parece que la música tiene que captar nuestra atención inmediatamente, sorprendernos o conducirnos rápidamente hacia algún momento culminante, “Automat” hace justamente lo contrario. Nos pide paciencia. Nos invita a escuchar sin esperar nada concreto.
Y cuando aceptamos ese juego, la recompensa es enorme.
La guitarra, las texturas ambientales, los espacios y esa sensación de movimiento lento terminan formando un pequeño universo en el que resulta muy fácil quedarse. Quizá sea por eso que, cuando el tema termina, aparece esa sensación tan reconocible de querer volver a escucharlo inmediatamente.
Una vez más.
Y otra.
Porque “Automat” no es una pieza que se agote fácilmente. Es una de esas composiciones que funcionan casi como un refugio sonoro: basta con regresar a ellas para recuperar durante unos minutos esa calma que el mundo exterior nos roba con tanta facilidad.
Por eso, si “Dawn Delayed” fue la puerta de entrada a Until the Light Was Gone, para mí “Automat” es uno de esos lugares del disco en los que apetece quedarse.
Bajar las luces, ponerse los auriculares, olvidarse durante unos minutos de todo lo demás y dejar que la música haga el resto.
A veces no necesitamos más.
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