Hace cuarenta años, Windham Hill se convirtió en un catalizador de un fenómeno musical global, lanzando al estrellato a algunos de los artistas instrumentales más vendidos y ganadores de premios Grammy. Fundada por el guitarrista Will Ackerman, esta icónica discográfica redefinió la música instrumental con una estética sonora minimalista, profundamente emocional y basada en la excelencia acústica.
Décadas después, su legado sigue vivo a través de FLOW, un conjunto que no solo honra aquella tradición, sino que la renueva y la proyecta hacia el futuro.
FLOW no es un grupo convencional: es una confluencia de trayectorias musicales consolidadas, una alianza creativa entre cuatro artistas de renombre que decidieron unir sus talentos para explorar juntos un nuevo lenguaje sonoro.
El origen de FLOW se remonta a mediados de la década de 2010, cuando Will Ackerman —tras años de producir discos para músicos de todo el mundo en su estudio Imaginary Road, en Vermont— comenzó a colaborar con tres artistas que compartían su sensibilidad musical: Fiona Joy Hawkins, pianista australiana de formación clásica con una carrera solista consolidada; Lawrence Blatt, guitarrista y compositor que ya había trabajado con Ackerman como productor; y Jeff Oster, un innovador trompetista y fliscornista que había logrado fusionar el jazz suave con texturas ambientales en sus propios álbumes.
Lo que comenzó como una serie de colaboraciones individuales se convirtió, con el tiempo, en una afinidad musical más profunda. Ackerman notó que entre estos artistas no solo había química en estudio, sino una conexión emocional y una visión estética compartida. En 2016, propuso reunirlos oficialmente como grupo. Fue entonces cuando nació FLOW, un acrónimo formado por las iniciales de sus nombres: Fiona, Lawrence, Oster (Jeff) y Will.
Desde el principio, FLOW no fue simplemente la suma de cuatro músicos talentosos. Fue concebido como un espacio de co-creación, donde cada integrante aporta su voz pero cede protagonismo al conjunto. La música fluye —de ahí su nombre— como un río colectivo, sin egos ni jerarquías. Sus composiciones se desarrollan desde la escucha mutua y la intuición, en sesiones donde el diálogo instrumental sustituye a las palabras.
Su primer álbum homónimo, FLOW (2017), fue aclamado por la crítica y galardonado con varios premios dentro del género new age. Pero fue con Promise (2019) cuando alcanzaron una madurez estilística notable, afianzando una propuesta sonora que mezcla lo contemplativo, lo melódico y lo emocional con una maestría indiscutible.
Promise (2019): una promesa de belleza interior
En 2019, FLOW lanzó su segundo álbum, Promise, una obra que representa un viaje sonoro lleno de emociones, texturas y paisajes envolventes. Cada pista es una promesa de conexión, tanto con uno mismo como con el entorno, explorando temas como la paz interior, la contemplación y la búsqueda de equilibrio.
Promise se distingue por la habilidad del grupo de crear atmósferas sonoras relajantes, combinando instrumentos acústicos de manera armónica y sutil. Desde el primer hasta el último tema, el álbum invita a la calma, siendo ideal para momentos de meditación, relajación o simplemente para desconectar del ruido del mundo.
“Adrift at Sea”: la belleza de la deriva
Una de las composiciones más evocadoras del álbum es Adrift at Sea, una pieza que transmite la sensación de estar a la deriva en un mar sereno e infinito. La melodía se desarrolla suavemente como una corriente que lleva al oyente sin rumbo fijo, pero con total confianza en el viaje. El piano de Fiona Joy flota como bruma matinal sobre las olas, mientras que la trompeta etérea de Jeff Oster aporta una atmósfera contemplativa y ligeramente nostálgica. La guitarra acústica de Will Ackerman y los sutiles arpegios de Lawrence Blatt completan el paisaje sonoro, logrando un equilibrio perfecto entre espacio y melodía.
Es una pieza que no busca un clímax emocional, sino una permanencia en la quietud, una invitación a rendirse al momento presente.
“Promise”: la esencia del álbum
La canción que da nombre al disco, Promise, es quizás la más representativa del alma de FLOW. Es una pieza de estructura minimalista, donde cada nota parece cuidadosamente colocada para reforzar un mensaje de esperanza y renovación. El diálogo entre los instrumentos es íntimo y profundo: el fliscorno de Oster aporta un tono cálido y esperanzador, mientras las cuerdas y el piano entretejen un espacio sonoro que sugiere la posibilidad de nuevos comienzos.
Promise no solo da título al álbum, sino que encierra su propósito emocional: recordar que la belleza y la serenidad están siempre al alcance, si se escucha con el corazón abierto.
FLOW demuestra con Promise que la música new age no ha perdido su poder transformador. Al contrario, en manos de artistas que entienden el silencio como parte esencial de la melodía, sigue siendo un refugio sonoro en un mundo acelerado.
Comentarios
Publicar un comentario