Hay músicas que parecen hechas para acompañar un viaje. No necesariamente un viaje físico, sino esos recorridos interiores en los que uno se deja llevar por una melodía y, durante unos minutos, se olvida de todo lo demás. La música de Jeff Johnson y Brian Dunning pertenece, para mí, a ese territorio.
Jeff Johnson, nacido en 1956 cerca de Portland, Oregón, ha construido a lo largo de los años una trayectoria difícil de encasillar. Sus comienzos estuvieron ligados al rock progresivo vocal, pero poco a poco fue desplazándose hacia territorios más instrumentales, incorporando elementos de jazz, new age, música celta y world music. Una evolución que tiene mucho que ver con su forma de entender la música: más como un espacio para explorar que como un género al que permanecer fiel.
En ese camino apareció Brian Dunning, flautista y compositor irlandés, un músico con una especial sensibilidad para combinar la tradición celta con elementos de jazz y música contemporánea. Dunning formó parte de Nightnoise y trabajó también con diferentes proyectos relacionados con la música irlandesa y celta. Su instrumento, especialmente la flauta, acabaría convirtiéndose en una de las voces fundamentales de sus colaboraciones con Johnson.
Ambos comenzaron a trabajar juntos a finales de los años ochenta y de aquella relación surgirían varios álbumes en los que resulta difícil separar un músico del otro. Songs from Albion (1992), The Music of Celtic Legends: The Bard and the Warrior (1997), Byzantium (2000) y Patrick (2004) son algunos de los frutos de una colaboración en la que las melodías de Dunning y los teclados de Johnson encuentran un equilibrio extraordinario.
Su música tiene algo cinematográfico. Hay paisajes, historias, personajes y lugares imaginarios, pero también mucho espacio para la contemplación. La flauta aporta humanidad y cercanía, mientras los teclados de Johnson construyen alrededor de ella un paisaje sonoro amplio, envolvente y lleno de matices.
En 2022 apareció Coming Going, una recopilación que reúne algunos de los momentos más destacados de su trabajo conjunto. Es un buen punto de entrada para acercarse a esta colaboración y comprobar cómo, con el paso de los años, ambos músicos fueron desarrollando un lenguaje propio.
Y entre todas esas piezas hay una que siempre me llama especialmente la atención: “Wayfarer”.
“Wayfarer”: caminar sin saber exactamente hacia dónde
Wayfarer significa caminante, viajero, alguien que está de paso. Y quizá no exista un título mejor para esta música.
La canción comienza dejando espacio a la flauta de Brian Dunning, que dibuja una melodía de una enorme delicadeza. No necesita imponerse; simplemente aparece y comienza a avanzar. Poco a poco, los teclados de Jeff Johnson van incorporando nuevas capas, muy sutiles, que amplían el espacio alrededor de la melodía.
Es precisamente esa combinación la que hace especial a Wayfarer. La flauta parece representar al viajero, mientras los teclados construyen el paisaje que va quedando a su alrededor. No hay grandes explosiones ni cambios bruscos. Todo sucede de una manera natural, casi como si la música caminara por sí misma.
Me gusta especialmente esa sensación de movimiento tranquilo que transmite la pieza. Hay una cierta melancolía, pero también serenidad y, sobre todo, una sensación de libertad. Es música que no parece querer llevarte a un lugar concreto; simplemente te invita a acompañarla durante unos minutos.
Y quizá ahí esté su encanto. “Wayfarer” no cuenta una historia de manera explícita, pero consigue que cada uno pueda imaginar la suya.
La flauta de Dunning tiene ese carácter celta tan reconocible, mientras Johnson crea un fondo atmosférico que hace que la melodía parezca suspendida en el aire. Dos músicos que entienden perfectamente cuándo deben ocupar el primer plano y cuándo dejar espacio al otro.
Después de escuchar el conjunto de Coming Going, Wayfarer se queda en la memoria como una de esas pequeñas piezas que no necesitan llamar demasiado la atención para acabar encontrando su sitio.
Una música para caminar, para mirar por la ventana durante un viaje o simplemente para detenerse un momento.
A veces no hace falta saber cuál es el destino. Basta con disfrutar del camino.
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