Steve Howe en Estado Puro: Cuando el Virtuosismo Se Convierte en Lenguaje
The Steve Howe Album (1979), la obra secreta del guitarrista que redefinió el rock progresivo
A finales de los años setenta el rock progresivo atravesaba una crisis existencial. El punk había llegado para dinamitar los excesos técnicos, las discográficas pedían canciones más directas y muchas bandas monumentales comenzaban a simplificar su discurso.
En ese contexto incierto, Steve Howe decidió hacer exactamente lo contrario: grabar un álbum profundamente personal, mayoritariamente instrumental y completamente ajeno a las modas.
Publicado en 1979, The Steve Howe Album no fue concebido como un ejercicio de ego guitarrístico, sino como una declaración artística silenciosa. Mientras Yes buscaba nuevas direcciones tras Tormato, Howe construía un universo paralelo donde la guitarra dejaba de ser instrumento rock para convertirse en vehículo cultural total.
Hoy, con perspectiva histórica, el disco suena menos como un proyecto solista y más como el retrato definitivo de un músico incapaz de pensar dentro de un solo género.
El Anti-Disco de Guitarra
A diferencia de los álbumes solistas habituales del rock progresivo —repletos de solos interminables y grandilocuencia técnica— Howe optó por algo casi radical: servir a la música antes que al virtuosismo.
No hay exhibicionismo vacío.
No hay riffs diseñados para estadios.
Ni siquiera hay demasiadas voces.
La decisión de cantar menos que en su debut Beginnings liberó el verdadero centro del álbum: una guitarra que respira, conversa y narra.
Cada pieza parece responder a una pregunta distinta:
¿Puede el country convivir con el barroco?
¿Puede una guitarra eléctrica comportarse como un violín solista?
¿Puede el rock progresivo sobrevivir sin batería?
Un Museo Sonoro en Movimiento
El disco funciona como una galería musical donde Howe expone sus obsesiones sin jerarquías estilísticas.
El espíritu clásico emerge en la adaptación de Antonio Vivaldi, ejecutada con respeto académico pero sensibilidad contemporánea. No hay ironía ni reinterpretación rockera agresiva: Howe se aproxima a la tradición europea como un estudiante aplicado más que como un iconoclasta.
En contraste, piezas como Cactus Boogie revelan su fascinación por la música americana rural. Aquí el guitarrista parece abandonar las catedrales progresivas para tocar en un porche imaginario del Medio Oeste.
El resultado es desconcertante y coherente al mismo tiempo.
Porque Howe nunca mezcla estilos: los habita.
La Hermandad Progresiva
Aunque el título sugiera aislamiento creativo, el álbum reúne discretamente a figuras esenciales del ecosistema prog:
- Bill Bruford, arquitecto rítmico del progresivo moderno.
- Alan White, aportando estabilidad y energía.
- Patrick Moraz, con elegancia jazzística.
Sin embargo, ninguno invade el espacio sonoro. Todos orbitan alrededor de la visión central: la guitarra como narradora principal.
Roger Dean y la Estética del Sueño Progresivo
La portada, diseñada por Roger Dean, no es un simple acompañamiento visual. Su paisaje fantástico funciona como metáfora perfecta del disco: un territorio imposible donde conviven épocas, estilos y geografías musicales.
Era la época en la que el vinilo todavía proponía una experiencia total: música, arte y objeto físico formando una misma obra.
“Double Rondo”: El Momento en Que Todo Converge
Toda gran obra progresiva posee un núcleo gravitacional.
En este álbum, ese centro es “Double Rondo”.
Más que una canción, la pieza representa uno de los experimentos más refinados entre rock y música clásica realizados en los años setenta.
Con arreglos del compositor Andrew Jackman, la orquesta de 59 músicos no actúa como adorno sinfónico —un error frecuente en el prog de la época— sino como interlocutor real.
La guitarra dialoga.
Responde.
Contradice.
La ausencia de batería elimina cualquier ancla rockera y sitúa la composición en un terreno ambiguo, casi atemporal.
Howe convierte su Gibson ES-175 en algo inesperado: el equivalente eléctrico de un solista clásico.
No intenta fusionar rock y sinfónico.
Intenta crear una tercera identidad.
El Disco Que No Necesitaba Demostrar Nada
Lo más fascinante de The Steve Howe Album es su falta de urgencia comercial. No busca hits ni legitimación crítica inmediata.
En 1979, cuando el progresivo parecía un lenguaje en retirada, Howe entregó una obra introspectiva, elegante y profundamente musical.
Quizá por eso el álbum ha envejecido mejor que muchos trabajos contemporáneos: nunca perteneció realmente a su tiempo.
No suena setentero.
No suena nostálgico.
Suena personal.
Y en el rock —un género obsesionado con la identidad— eso suele ser lo más difícil de conseguir.
Conclusión: La Voz Sin Palabras
Si Yes representaba la arquitectura monumental del rock progresivo, The Steve Howe Album muestra su dimensión humana.
Un músico solo frente a sus influencias.
Un guitarrista dialogando con siglos de historia musical.
Un artista demostrando que la técnica solo tiene sentido cuando se convierte en emoción.
Más de cuatro décadas después, sigue siendo uno de los discos solistas más singulares jamás surgidos del universo progresivo.
No es un paréntesis en la carrera de Howe.
Es, probablemente, su retrato más sincero.

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