
Masako – Dreaming Northern: la música como lugar donde el cuerpo y el alma encuentran descanso
Para Masako, el norte no es solo una dirección en el mapa: es un refugio físico y espiritual. “No puedo vivir en el sur por razones de salud”, explica. Su residencia principal está en el Valle del Hudson, al norte de Nueva York, pero incluso ese lugar le resulta demasiado al sur. Su cuerpo se resiente fácilmente, y por eso su corazón siempre regresa —en pensamiento, en vida y en música— a los bosques del norte. La región de Nueva Inglaterra, con sus estaciones bien marcadas, su aire puro y su vastedad serena, ha sido durante años la fuente de inspiración más constante para su arte.
Ese amor profundo por el norte se traduce de forma magistral en Dreaming Northern, un álbum que no solo es bello, sino profundamente honesto. Las doce piezas que lo componen funcionan como pequeños retratos sonoros de su mundo interior y de los paisajes exteriores que la reconfortan. No es casual que su carrera se haya consolidado en Vermont, rodeada de músicos como Tom Eaton, Eugene Friesen, Jeff Haynes o Will Ackerman —artistas que entienden que la música, cuando se hace desde la verdad, no necesita artificios.
Aquí, la colaboración no es un recurso estético: es una comunidad sonora, una forma de crear desde la escucha profunda.
🌲 Un álbum íntimo, narrativo y profundamente colaborativo
Dreaming Northern se abre con “Mamabear Dreams”, una pieza encantadora que alude con delicadeza al lado luminoso de la maternidad y al acto de elegir criar desde el amor. La penúltima pieza, “Between the Two Trees”, es un retrato impresionista sobre el cambio estacional de los árboles. Ambas son las únicas composiciones a piano solo del álbum, y revelan la capacidad de Masako para narrar sin palabras, para contar su vida como si cada tecla pulsada fuera una confesión.
El resto del disco es un diálogo constante con algunos de los nombres más brillantes de la música instrumental contemporánea: el violinista Charlie Bisharat, el guitarrista Vin Downes, el bajista Michael Manring, el percusionista Jeff Haynes, el multiinstrumentista Premik Russell Tubbs, el flugelhorn lírico de Jeff Oster y la voz etérea de Noah Wilding.
Pero si hay un eje invisible que sostiene la arquitectura del álbum es la producción y sensibilidad sonora de Tom Eaton. Su trabajo no solo aporta texturas y sintetizadores atmosféricos; construye espacios. Hace que cada instrumento respire. Su influencia es decisiva en el carácter envolvente del disco.
Por su parte, Eugene Friesen aporta una dimensión espiritual y camerística. Su violonchelo no acompaña: narra, interroga, responde. Hay una cualidad casi litúrgica en su sonido que eleva muchas de las piezas hacia un territorio contemplativo.
Y Jeff Haynes, con su percusión orgánica y sutil, introduce pulso sin romper la calma. Su manera de entender el ritmo es atmosférica, casi invisible, pero profundamente emocional.
En conjunto, estos músicos no embellecen las composiciones: las expanden.
🎶 Historias entre la nieve
En “One by One”, con el flugelhorn envolvente de Oster y los sintetizadores atmosféricos de Eaton, Masako nos habla de la dificultad de conciliar la vida doméstica con la concentración creativa. La música avanza como una respiración contenida que finalmente se libera.
“My Old Abbey” nos lleva a un rincón olvidado de su biografía: cuando, en su juventud, contempló seriamente convertirse en monja católica. Aquí la influencia de Friesen se siente especialmente profunda; el chelo dialoga con el piano como si evocara los ecos de un claustro antiguo.
“October Children” es una de las piezas más entrañables: una celebración melancólica de la infancia, reforzada por sonidos reales de niños y una conversación instrumental entre Friesen y Bisharat que alterna entre lo fantasmal y lo juguetón. La misma pareja regresa en “Stairs in the Sky”, una meditación ascendente que parece guiarnos suavemente hacia las alturas, sostenida por una producción que abraza sin invadir.
❄️ “Our Bluebird Day”: luz, nieve y comunión creativa
Entre las piezas más luminosas destaca “Our Bluebird Day”, una verdadera celebración del invierno en el norte. En el lenguaje de los esquiadores, un bluebird day es ese día perfecto: cielo intensamente azul, nieve intacta, aire cristalino. Masako convierte esa imagen en música.
Aquí la colaboración brilla con especial intensidad.
Tom Eaton construye una atmósfera amplia, casi cinematográfica, donde el paisaje parece abrirse ante nosotros.
Eugene Friesen aporta profundidad emocional con líneas de chelo que evocan la inmensidad blanca.
Jeff Haynes introduce una percusión ligera que sugiere movimiento, deslizamiento, respiración fría en la montaña.
El resultado no es simplemente descriptivo: es experiencial. Escuchar esta pieza es sentir el sol reflejado en la nieve, es deslizarse colina abajo con el corazón abierto. Es una metáfora perfecta de la filosofía artística de Masako: la naturaleza no como escenario, sino como estado interior.
En esta obra se percibe claramente cómo la influencia de sus colaboradores no diluye su identidad, sino que la potencia. La sensibilidad ambiental de Eaton, la espiritualidad camerística de Friesen y el pulso orgánico de Haynes amplían el lenguaje de Masako hacia territorios más ricos y expansivos.
🌌 Ampliando su lenguaje
Dos piezas destacan por su estilo más libre y expansivo: “But It Is Life” y “Agiochook”.
La primera, llena de ritmo y flujo, mezcla guitarra acústica, bajo melódico y texturas electrónicas para crear una pieza vital, casi cinematográfica. Aquí se percibe cómo el entorno creativo de Vermont —marcado por figuras como Will Ackerman y la tradición de grabaciones cuidadas y orgánicas— ha influido en la manera en que Masako concibe el espacio sonoro.
La segunda —que cierra el disco— es una ofrenda ambient al monte Washington, también conocido como “El lugar del Gran Espíritu”. Curiosamente, Masako decidió no tocar el piano en esta última pieza, confiando plenamente en la atmósfera creada por Eaton, Tubbs y Wilding. Es un gesto de humildad artística: dejar que el paisaje sonoro hable por sí mismo.
🤍 Una geografía emocional compartida
Dreaming Northern es, más que un disco, una geografía emocional construida en comunidad. La colaboración con músicos como Tom Eaton, Eugene Friesen y Jeff Haynes no es anecdótica: es estructural. Cada uno aporta su universo, su historia y su sensibilidad, y juntos crean un lenguaje que trasciende el género new age para entrar en un territorio más íntimo y atemporal.
Masako nos recuerda que hay lugares que no solo curan el cuerpo, sino también el espíritu. Y que, en tiempos de ruido y dispersión, todavía existen artistas que se sientan frente a un piano —rodeados de cómplices creativos— para escribir con notas lo que el alma aún no puede decir con palabras.
Un disco para escuchar con los ojos cerrados, mientras el mundo —afuera— se vuelve blanco.
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