Jethro Tull – Stormwatch: la tormenta final de una era
Publicado en 1979, Stormwatch marca el cierre de una de las etapas más ricas y fascinantes en la historia de Jethro Tull. Este disco, que completa la trilogía folk iniciada con Songs from the Wood (1977) y continuada con Heavy Horses (1978), es mucho más que un simple álbum de transición: es un testamento sonoro, una obra de madurez artística que abraza el compromiso ecológico, el lirismo británico y una sensación de final inminente que lo envuelve todo.
A diferencia de sus predecesores, donde predominaban los paisajes rurales y un tono más pastoral, Stormwatch tiene una atmósfera más sombría, gélida y apocalíptica. Las canciones giran en torno a temas como la crisis energética, la depredación del medio ambiente, la amenaza de la guerra y la fragilidad de la civilización moderna. Es, en muchos sentidos, un disco profético, cargado de advertencias que hoy suenan más vigentes que nunca.
Desde el inicio con “North Sea Oil”, el grupo lanza una crítica directa a la dependencia del petróleo y el daño ecológico, envuelto en un sonido vigoroso y afilado. Ian Anderson, siempre atento a los signos de los tiempos, canaliza aquí una visión crítica del progreso mal entendido. A lo largo del disco, se suceden canciones intensas como “Orion”, “Flying Dutchman” o la más introspectiva “Home”, cada una añadiendo capas de densidad lírica y musical a este retrato de un mundo en tensión.
Uno de los momentos más destacados del álbum es “Dun Ringill”, una canción íntima y misteriosa, inspirada en una fortaleza antigua de Escocia cercana al hogar de Anderson. Su atmósfera envolvente, su lirismo críptico y su ejecución contenida la convierten en uno de los temas más evocadores de Jethro Tull.
Y luego está “Elegy”, la pieza instrumental que cierra el álbum (compuesta por Dee Palmer), y que actúa como un epílogo melancólico. Musicalmente, es una pieza de una belleza serena. La guitarra de Martin Barre, los arreglos orquestales, y el fraseo lírico de la melodía parecen provenir de otra época, casi como si Dee Palmer estuviese rindiendo tributo a la música clásica europea en clave rock sinfónico. No hay alardes. No hay progresiones complicadas. Todo fluye con una elegancia y sobriedad que conmueve.Lo que hace especial a “Elegy” es su capacidad para tocar una fibra íntima, una sensación de pérdida, pero también de gratitud. Es como una carta sin destinatario, escrita desde el corazón hacia todo lo que se ha ido y que, sin embargo, sigue presente en nosotros.
Escuchar esta canción es, para mí, cerrar los ojos y sentir ese momento suspendido en el tiempo en que todo se detiene por un instante: la música, la historia, incluso el dolor.
Es imposible no escucharla como una despedida, no sólo por su título, sino porque tras la publicación de Stormwatch, la formación clásica de la banda se disolvió. La trágica muerte del bajista John Glascock, quien sólo participó parcialmente en el disco debido a problemas de salud, marcó un antes y un después. Fue, literalmente, el fin de una era.
Stormwatch es, por tanto, un disco de frontera. Mantiene elementos del folk-rock que la banda perfeccionó en los años anteriores, pero introduce un tono más duro, menos bucólico y más urgente. Su sonido es contundente, oscuro y áspero, como el viento del norte al que hace referencia el título. La producción es nítida pero densa, y la instrumentación —flautas, guitarras eléctricas, sintetizadores, cuerdas— se entrelaza con precisión para sostener el dramatismo de las letras.
Tal vez por no ser tan accesible como otros trabajos, Stormwatch ha sido históricamente subestimado. Pero con el paso del tiempo, su relevancia ha crecido. Es un álbum que no busca complacer, sino advertir, que no se recuesta en la nostalgia, sino que apunta con firmeza al presente y al porvenir. Y eso lo hace, a mi parecer, no sólo una pieza esencial de la discografía de Jethro Tull, sino también una obra visionaria.
Escucharlo hoy, en pleno siglo XXI, es como abrir una carta olvidada que anunciaba, con música y poesía, muchos de los dilemas que nos atraviesan ahora. Stormwatch no fue la calma ni la celebración: fue la tormenta antes del cambio. Y en su intensidad reside su grandeza.

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