Wim Mertens – Integer Valor: la arquitectura sonora de lo intangible
En el vasto y sofisticado universo musical de Wim Mertens, el disco Integer Valor (1998) representa una de sus cimas más ambiciosas y envolventes. Publicado por el sello Les Disques du Crépuscule, su título —una expresión latina que alude al respeto hacia la partitura íntegra tal y como ha sido escrita por un compositor— ya nos anticipa una obra minuciosa, formal, profundamente pensada.
Este disco se inscribe en una etapa muy especial dentro de la carrera de Mertens: una serie de trabajos donde su música se arropa con una pequeña orquesta en formato ensemble. Un enfoque que permite que sus ideas cobren una dimensión más rica, más matizada, más expresiva. Las piezas se construyen en torno al piano, pero se desarrollan con la ayuda de cuerdas y vientos, y sin olvidar el sutil papel de la voz, que aparece como un instrumento más, casi siempre sin texto, flotando entre los pasajes.
Esta etapa orquestal comenzó a tomar forma con "Motives for Writing" (1989), pero fue con los discos "Shot and Echo" (1993), "Jardin Clos" (1996) y este Integer Valor donde alcanzó una plenitud estilística incuestionable. Una especie de trilogía maravillosa donde la música de Mertens se vuelve más íntima y a la vez más expansiva, más emocional pero también más pulida.
La edición expandida, titulada Integer Valor: Intégrale, se compone de tres discos con un total de 35 piezas y una duración de casi tres horas. Los títulos de cada sección —To Fill in the Blank, Written Conversation y Full of Cobles— sugieren una reflexión sobre el lenguaje, la ausencia, lo que no se dice y lo que queda insinuado entre notas. Cada disco tiene su propio carácter, pero todos comparten ese hilo conductor tan propio del belga: una combinación entre la claridad matemática del minimalismo y una sensibilidad emocional profunda.
Hoy vamos a destacar de este extraordinario disco una pieza muy especial: "Yes, I Never Did"
Personalmente, la considero entre las mejores composiciones de toda la carrera de Wim Mertens. Es una de esas piezas que atrapan desde el primer segundo, que no piden permiso para instalarse dentro de uno. Y lo logran con una intensidad casi inexplicable.
La introducción es, sencillamente, imponente. Una trompeta solemne y un saxo soprano desgarrado se entrelazan como si anunciaran algo trascendente. Hay un dramatismo contenido que eriza la piel, como si las notas estuvieran a punto de decir algo urgente. Cuando irrumpen las cuerdas, el momento se transforma en una revelación: estamos ante una maravilla sonora que no puede dejar a nadie indiferente.
¿Es este el mejor Mertens? Si no lo es, está peligrosamente cerca. Porque aquí está todo lo que define su arte: la combinación entre lo cerebral y lo emotivo, entre la estructura matemática y la libertad poética. Yes, I Never Did no solo nos seduce con su belleza, sino que nos lanza a una experiencia emocional profunda.
La segunda parte de la pieza da un giro inesperado. El ritmo se detiene, la intensidad cede, y nos adentramos en un desarrollo lento, casi meditativo. Es un espacio para respirar, para asimilar lo vivido, para dejar que lo anterior se asiente en la memoria. Mertens nos ofrece una especie de epílogo musical que, lejos de diluir la fuerza inicial, la engrandece.
Una joya escondida a plena vista
Yes, I Never Did es una de esas composiciones que no necesitan palabras para narrar, porque lo dicen todo a través del sonido. Es un viaje emocional completo, una pequeña sinfonía interior que habla directamente al corazón del oyente atento.
Wim Mertens, como en tantas otras de sus obras, no compone simplemente música: construye lugares, momentos, atmósferas. Y en esta pieza, esos elementos alcanzan una de sus formas más logradas.
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