May It Be: cuando la música abre la puerta a la fantasía
La fantasía no solo se construye con imágenes, mapas o criaturas legendarias. La fantasía también se escucha. En The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring (2001), la música actúa como un hilo invisible que guía al espectador por la Tierra Media, y pocas piezas representan mejor ese poder evocador que “May It Be”, interpretada por Enya.
Desde el primer visionado queda claro que la película no quiere limitarse a contar una historia épica: aspira a crear un mundo habitable, coherente y emocionalmente real. Y ahí la música juega un papel fundamental. “May It Be” no acompaña la fantasía; la legitima.
La música como lenguaje del mito
En los relatos de fantasía, lo antiguo y lo legendario deben sentirse auténticos. La voz de Enya, etérea y suspendida en el tiempo, cumple exactamente esa función. Su canto parece provenir de un lugar anterior a la historia, como si fuera una voz ancestral que observa los acontecimientos desde la distancia.
El uso del quenya, una de las lenguas élficas creadas por Tolkien, refuerza esta idea. No es un simple recurso estético: es una manera de anclar la música al mismo tejido mitológico que sostiene la narración. La canción no está “inspirada” en la Tierra Media; forma parte de ella.
Fantasía sin estruendo
A diferencia de la épica tradicional, que suele apoyarse en la grandilocuencia, “May It Be” elige la contención. No anuncia gestas ni batallas, sino que acompaña el inicio de un viaje incierto. En la fantasía, como en los mitos clásicos, la esperanza suele manifestarse en forma de susurro, no de proclamación.
Este enfoque conecta con el corazón de La Comunidad del Anillo: una historia donde el destino del mundo recae sobre personajes pequeños, vulnerables y profundamente humanos. La música entiende eso y se adapta, convirtiéndose en refugio emocional más que en fanfarria heroica.
El puente entre espectador y mundo fantástico
Una de las funciones más importantes de la música en la fantasía es ayudar al espectador a cruzar el umbral. “May It Be” aparece justo cuando la película termina, pero su efecto es inverso: no cierra la historia, la abre. Nos deja suspendidos en un estado de ensoñación que prolonga la Tierra Media más allá de la pantalla.
Escucharla es seguir dentro del mundo, aunque los créditos ya estén corriendo. La música actúa como un eco del relato, asegurando que la fantasía no se disuelva al encenderse las luces del cine.
Una alianza perfecta entre cine y música
La colaboración entre Howard Shore y Enya demuestra hasta qué punto la fantasía necesita de la música para existir plenamente. Si las imágenes construyen el espacio, la música construye el alma de ese espacio. Y en ese sentido, “May It Be” funciona como una bendición final, una promesa de que el viaje continúa.
Conclusión
En The Fellowship of the Ring, la fantasía no se impone: se sugiere, se filtra lentamente en el espectador. “May It Be” es la expresión más pura de esa idea. Una canción que no explica el mundo, pero lo hace creíble; que no narra la aventura, pero la envuelve de significado.
Porque cuando la música y la fantasía se encuentran en equilibrio, el resultado no es solo una banda sonora, sino un mundo al que siempre se puede regresar.
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